¿Escribir?





"... tratar de saber lo que uno escribiría si escribiera"








domingo, 2 de septiembre de 2007

de esos tiempos emigrantes

Enlodándose en este tema de lo que es cuestión de vida o muerte, y de lo que no, se me presenta ahora la oportunidad de referir una historia sobre un coquero.


Aparentemente uno desconoce las necedades hasta las que se puede ascender en un rápido parpadeo mientras se descubre que han sido demasiadas las palabras que han quedado atoradas en la garganta esperando coludirse con el sentido para poder comunicar, ensordecidas por esa viscocidad en la garganta media, que por supuesto es un monstruo.


Resulta pues que un buen día encontré caminando a la sombra de la tibia noche, a una mujer que tambien andaba con su paso de hombros de péndulo y estampa de marley.


No se espera impacientemente; primero se encuentra, se admira y luego sin saberlo se quiere más. Luego es que viene terca la impaciencia.


Parapetado en el rincón de mi cadera, esperaba que algo se dijese o fuese directo al grano, pero mi boca hacía circulos con los labios y el aire era desconsideradamente sofocante cuando se tocaba el tema que además era ya bastante poco claro para entonces.


Ella, ascendía desde el montaje mismo de las palabras en la cabeza y formaba bellas complicaciones lingüísticas sensuales que continuaban su viaje hasta la realidad y se reventaban como burbujas en mi naríz, a sabiendas de esa incalculable comunicación con señas, cognados y besos. Ya se sabe la obstinada manera que los hablantes del español tienen de cargarlo todo a cuenta de un portugués al que se supone naturalmente igual por un reflejo de la lengua cuando se la escucha... llegan sorpresas y vueltas de tuerca, entonces es que la gente se entiende mal, o demasiado bien, sólo que no se da cuenta de ello sino hasta pasados los minutos, las horas o los días.


20 años después de los sucedido y aún salgo con prisa de huir de mi, a torturarme los ojos y el pecho con el recuerdo vivo de esa incapacidad voraz de lo que no se enuncia (de lo que no se ensucia).


Una necesidad de los arrecifes y las bugambilias.


Amar es como querer ir a vivir en un cocotero, palmera o coquero. Para morir de lado, junto a la playa.


En un intento, las palabras salen despedidas por esa acostumbrada voz que cada mañana despierta nombrando alguna mundanidad inhumanamente feliz, o tratando de recobrar los sueños.


Uno no habla impunemente de lo que quiere decir y no se atreve, es por eso que la cuestión reviste un esquema de incongruencia. Comenzar a hacerlo requiere exorcizar algunos demonios de los que uno espera toda la vida que no desaparezcan. Y acercándose un poco más, quizá no sea más que la tosquedad con que uno aprende a hablar con uno mismo lo que nos impide hablar con los demás.


Ella regresa cada vez desde esa honda oquedad que es la memoria y me dibuja círculos en la cara.

E uma brincadera brothr¡

lunes, 6 de agosto de 2007

música pessoal

Dejar la marca personal. La impronta de lo que uno quiere que suceda. es como cuando Laurita muerde la manzana, y le deja un pequenho cerrojito de azúcar. El árbol de Shambo es delicioso en gajos.

un pedazo de cinta.

Una circunstancia loable la del mundo y sus ocultos engranajes. Ver la tierra desde arrriba, de las nubes; despegar dos veces en el mismo día y arremeter contra el Vodka grátis del mal servicio del avión, Llegar a Caracas con un dolor en la ingle, escuchar sólo historias de lo mal que se la pasa la gente lidiando con los procesos latrocínicos en plena calle, a dos tercios del corazón. Luego, tener confanza en los burócratas parece una locura. Al final del día lo que parece tener sentido es una carrera contra el tiempo para lo cual estoy esta noche aquí sentado en una banca de la terminal de oriente, con una libreta en la mano y la otra mano en el culo porque me han dicho varias historias de duendes que hacen maldades y árboles que comen elefantes que matan niços que comen pájaros, y hasta aquí me he encontrado con la suerte de no tener que lidiar con todo aquello. Dos tercios del viaje es pagado con un bilete que tengo oculto por miedo a que lo descubran en mi poder, el resto hay que cambiarlo y no existe ninguna casa de cambio en los alrededores de la terminal. Un estar atascado. luego un revolver los papeles para ver si algo se conmueve la persona de la ventanilla. Nada. Es esa misma persona que al día siguiente te vende un bolete con destino a no se donde y lo pagas creyéndote lo del cuento de que llegará a determinada hora y al final Nada, el camión no llega. Pagas una diferencia, por un viaje que no hiciste no por culpa tuya. En fin, de camino a Santa Elena. Ya veremos.

pesquizas y esquizofrenias